Los terremotos blancos

Dicen que cada persona en Chile, entendiéndolo desde Arica a Puerto Montt por un asunto de tectónica más que por rebeldía patagona, vive un terremoto por lo menos un terremoto en su vida.
Yo sumo a mi cuenta personal los terremotos blancos. La palabra “terremoto” se usa sólo a falta de otra que describa la catástrofe, pero la expresión se ha convertido en un término aceptado en las zonas australes (aunque en wikipedia sólo se consigna como oficial el del ’95).
Son muchos peores que las inundaciones, porque como es lógico la nieve no decanta; no hay un sistema de medición que indique bajo qué temperatura o sobre cuánta altura de nieve acumulada se llama “terremoto blanco” por lo que es difícil determinar cuando deja de ser una nevazón fuerte.
Mueren animales por el frío, por falta de alimento o simplemente porque se les vuelve imposible moverse en la nieve; los caminos desaparecen y las cañerías de agua se quiebran; hay que despejar de nieve los techos para evitar que se desplomen por el peso, entre otras cosas.

El patio escarchado y los árboles nevados. Posesión, 1990.

Atrapados en la nieve
En el invierno del ’90 volvíamos con mi mamá en bus desde Punta Arenas a Posesión. El bus salía a las 8am y por esos años demoraba cuatro horas en recorrer los 220 kms. que no habían sido pavimentados más allá de Gobernador Phillipi (desvío P.Natales/Monte Aymond). Pese a que temprano nos habíamos dado cuenta de la cantidad de nieve, el viaje había sido relativamente normal y faltaban unos 40 kilómetros para llegar cuando de un momento a otro sentimos un sacudón fuerte y el bus quedó ladeado y como “de cabeza” en un desnivel que suponemos era la berma. Aunque todos nos asustamos un poco, pensamos que era algo fácil de solucionar y aunque en un primer momento los hombres adultos (yo tenía sólo 10 años) salieron a poner tacos a las ruedas, bastaron unos minutos para darnos cuenta que aunque el bus hubiese vuelto a una posición normal, el resto del camino desaparecía de la vista bajo la nieve que seguía cayendo lentamente.
Mi mamá nos mantuvo a Pamela (5 años) y a mí junto a ella y nos pusimos a orar. Al cabo de unas horas Pamela se puso a llorar porque tenía hambre y apareció un kilo de pan; nos tocó una hallula, que era bastante considerando que el resto se repartió durante la tarde entre los 40 pasajeros (aprox.). Eso y la calefacción prendida cada cierto rato nos mantuvo relativamente bien. No recuerdo bien si alguien decidió caminar los pocos kilómetros que nos restaban para el retén de Cañadón Grande o si había radio o qué (celulares no había en esos años), pero el asunto es que como a las 8 llegó una ambulancia de la nada y se llevó a “mujeres y niños”; es decir nosotros tres y un par de mujeres más.
En Cañadón Grande estaba mi papá y nos fuimos a la casa, pero Pamela y yo nos quedamos dormidos rápidamente así que no supe bien si mi mamá estaba todavía asustada o no, pero durante el día no supimos.

Vacaciones extendidas
El segundo terremoto blanco que viví fue el del ’95. Pese a que las condiciones fueron mucho peores en toda la región, en lo personal fue sólo anecdótico.
Para las vacaciones de invierno me fui a Posesión con otros amigos y me quedé donde los Muñoz. Las vacaciones se terminaron pero la nieve había hecho desaparecer los caminos una vez más y los viajes a Punta Arenas se habían suspendido así que me quedé feliz bolseando casi una semana extra.

Mi mamá abrazando a un mono de nieve en Maipú 107 (1979)

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Acerca de AlfonsoLevet

Cristiano y magallánico, lo demás es añadidura.
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2 respuestas a Los terremotos blancos

  1. La vivencia del terremoto del 90′, desde un nostálgico recuerdo en la “Perla del Sur”

    A diferencia de “Fonchi” (Alfono Enoc Alejandro Felipe), como le deciamos algunos amigos haciendo alución a la Rana Raponchi (no me pregunten por qué, ya use mucho mi memoria con los nombres del dueño del blog y esa animación japonesa), “mi terremoto blanco” fue vivido en la población 1 de Posesión; mi casa quedaba subiendo la escalera, luego de la salida-entrada del gimnacio, justo al lado de un pequeño parque y un par de cortavientos.

    Nos disponiamos a salir de casa a esperar el bus que nos llevaría a la escuela G-38. Nuestra sorpresa fue gigante, cuando vimos nieve que superaba, casi, nuestra estatura (mía, y mis hermanas, Brenda y Priscila). Las clases no serian tales ese día… y los siguientes.

    No recuerdo si mi papá fue a trabjar ese día, pero si tengo muy claro que, dedicó tiempo para disfrutar del color y temperatura concretisadas en la nieve. Creamos un iglú donde entrabamos 5 personas, y un mono de nieve que según recuerdo, y considerando la persepción de un niño de 10 años (y siendo el segundo de la fila en el colegio), tenia como dos metros de estatura…

    Cuando ya la nieve habia bajado un poco, y ya era la hora de jugar una pichanga con los de la cocina (sodexo) de los contratistas, comense mi rutinaria carrera al gimnacio (bajar a lo que más daban mis piernas); ahora no veia donde pisaba, todo lo cubria la nieve. Fué asi que caí en un hoyo que la ultima vez que corrí por esa bajada, no estaba… quedé bajo la nieve y si mal no recuerdo, “el Yeto” me ayudó a salir.

    En la noche del primer día del terremoto blanco, salimos a jugar con la nieve, o más bien, a “guerrear”. mis guantes, si bien eran muy abrigadores, no facilitaban la elaboración rápida de municiones (pelotitas de nieve), de modo que me los saqué y jugué sin ellos. El juego se acabó pocos minutos despues, cuando no sentia mis manos, y el dolor de mis brazos era insoportable (y al parecer me habia entrado una mugrecita en el ojo), y mis amigos me llevaron a la casa.

    En ese momento, si bien sabíamos, en parte, la catastrofe en la región producto de tanta nieve, para mí ha sido uno de los mejores inviernos de la vida.

    PD: Saludos Fonchi; bkn el blog.

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